Dédalo e Ícaro

La antigua Grecia fue cuna de grandes pensadores, filósofos y matemáticos eran considerados por el pueblo lo mejor de sus habitantes. La pasión de los griegos por el pensamiento abstracto los hacía resaltar de entre todas las civilizaciones conocidas de la antigüedad. Pero en Grecia, también destacaron aquellos que le dieron al conocimiento un profundo contenido práctico. De todos ellos, uno de los más destacados fue Dédalo, quien sobresalía por ser un gran arquitecto, pero, además, un prolífico inventor. Se le atribuye a Dédalo haber diseñado un modelo de nave que tenía la posibilidad de navegar por debajo del agua.

Dédalo e Ícaro, su hijo
photo credit: Dedalo via photopin (license)

Dédalo y el Minotauro

Minos, rey de Creta estaba obsesionado por impresionar a su pueblo y de esa manera mantener su liderazgo. Fue por eso que el rey les dijo a sus súbditos que le pidiesen lo que ellos deseaban y que él cumpliría el deseo de los cretenses. Los habitantes del pueblo, le pidieron a Minos que solicitara al dios Poseidón que hiciera aparecer un toro, desde las propias entrañas del mar.

Minos estaba dispuesto a cumplir el deseo de su pueblo y le rezó a Poseidón para que cumpliera el pedido, a cambio de sacrificar, en su nombre, al toro que éste le brindara. El dios del mar cumplió el pedido de Minos e hizo emerger de las profundidades del mar un hermoso toro de color blanco. Minos quedó tan maravillado por la belleza del toro, que fue incapaz de sacrificarlo y en su lugar eligió otro toro de su propiedad.

El engaño y el incumplimiento de la promesa, por parte de Minos, enfureció a Poseidón, quien decidió como castigo hacer que Pasífae, la bella esposa de Minos, se enamorara perdidamente del toro. Pasífae no lograba atraer la atención del toro, del cual estaba completamente enamorada, por ello, conocedora de las habilidades constructivas de Dédalo, lo convocó para que buscara como concretar su amor por el toro. Dédalo decidió, entonces, construir una vaca de madera dentro de la cual colocó a la bella Pasífae. El toro atraído por la vaca, consumó el amor con ella y la esposa de Minos quedó encinta del toro blanco.

De la unión de Pasífae con el toro blanco, nace una bestia mitad toro y mitad humano, que va a ser conocido como el Minotauro. Minos se sentía agobiado por esta situación, pero para no enfurecer más a Poseidón decide no sacrificar al Minotauro, pero convoca a Dédalo para que construya una prisión segura para esta bestia que tenía predilección por la carne humana. Fue entonces que Dédalo construyó un intrincado laberinto de calles y pasajes, del cual era imposible salir, donde encierran al Minotauro.

Dédalo, de la admiración a la envidia

Dédalo, que estaba casado con una cretense pero que continuaba viviendo en Atenas, tenía dos hijos: Ícaro y Yápige, pero ninguno de ellos había heredado las dotes de su padre como inventores. Por eso, Dédalo tenía a su cargo la formación de su propio sobrino, que había demostrado grandes potencialidades al igual que su tío.

Pérdix, sobrino y protegido de Dédalo, caminando por la playa encontró un esqueleto de pescado e inmediatamente tuvo la idea para inventar la sierra. Del mismo modo desarrolló el compás. Todos estos logros del joven Pérdix comenzaron a generar una profunda envidia en Dédalo, quien no quería ver opacada su capacidad creadora. Fue entonces, que mientras caminaban, Dédalo y su sobrino por las colinas de Atenas, el inventor empujó a su discípulo por los peñascos, en un acto de ira y envidia. Dédalo fue juzgado por su acto criminal y desterrado de Atenas.

Ícaro, hijo de Dédalo y su padre marchan a Creta

Cuando Dédalo es desterrado de Atenas, marcha con su hijo Ícaro a la isla de Creta donde el rey Minos lo recibe con alegría por el favor realizado con la construcción del laberinto, aunque el rey desconocía que había sido el propio Dédalo quien ayudó a la esposa de Minos a concretar su amor con el toro blanco.

Pero pasó poco tiempo para que Dédalo traicionara nuevamente al rey de Creta. Fue el inventor quien entregó a la princesa Ariadna un carrete de hilo para que Teseo, prometido de la princesa, pudiera entrar al laberinto, matar al Minotauro y salir de él.

El rey Minos enfurecido por la traición de Dédalo y habiéndose enterado que fue el inventor quien permitió el apareo de su esposa con el toro, decidió encerrar a Ícaro, hijo de Dédalo y a su padre, el inventor, en una de las torres que conformaban el laberinto para que nunca más pudieran salir.

Dédalo sabía que la única forma de escapar del laberinto era por aire, entonces se avocó a la tarea de confeccionar dos pares de alas, tanto para él como para su hijo. Dédalo utilizó una cera especial para adherir las plumas de las alas a su cuerpo y al de su hijo.

Cuando ambos estuvieron listos, Dédalo advirtió a Ícaro que no debía volar demasiado bajo para que la espuma del mar no destruyera las plumas, pero que tampoco debería hacerlo muy alto para que el calor del sol no derritiera la cera.

Así fue como el hijo de Dédalo y el viejo inventor, se lanzaron desde la torre y comenzaron a volar. La emoción que sintió el joven Ícaro al verse tan libre, volando como los pájaros, hizo que desoyera los consejos de su padre y tan maravillado estaba con el sol, que comenzó a volar hacia este. Inmediatamente, las alas del hijo de Dédalo comenzaron a derretirse, pese a los ruegos del padre para que perdiera altura, y finalmente las alas se desprendieron del cuerpo de Ícaro y éste cayó al mar, donde murió.

Dédalo logró rescatar el cuerpo de su hijo y nadó hasta la isla de Sicilia, donde logró conseguir refugio hasta su muerte.

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